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La Serpiente del Nokia ¡MAMÁ, QUIERO UN MÓVIL! Vol.2

Y llegó la Serpiente al móvil. ¡Menudo invento! Ni Candy Crash ni ná (ahora que… voy por el nivel 231) ¡La serpiente!. Ni Adán, ni Eva ni manzana que valga, ¡la serpiente rules!

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Los móviles Nokia, que tiempos aquellos en que dominaban el mundo. Y es que eran lo más.

Tener un nokia, sin embargo, era un lujo al alcance de pocos bolsillos, yo que sé cuánto costaban; 10.000, 30.000 0 50.000 pesetas, en aquellos tiempos, tiernecita de mí, aún le decía a mi madre ¡Pues si no tienes dinero, sácalo del cajero!

Pero claro, había obstáculos insalvables para conseguirlo. Ya tenía móvil y funcionaba. Ni falta decir que me podía mandar cerca mi madre si se lo pedía.

Lo intenté todo para deshacerme del móvil: ahogarlo, suicidarlo, arrojarlo por las escaleras, despiezarlo, incluso le amenacé con el reciclaje, todo infructuoso.

Sin embargo, ahí estában ellos: los Consentidores. Los compra chuches, los regala juguetes, los de “hijo acuéstate a la hora que quieras”, los que hacen la vista gorda cuando la cagas y te dejan ver la televisión sin límites, aquellos que no te obligan a hacer la cama ni lavarte la cara por las mañanas, los que siempre te hacen patatas fritas para acompañar el pescado (caseras, por supuesto) y los que nunca nunca, jamás de los jamases te obligaban a lavarte los dientes. Esos a quien cariñosamente llamamos: abu, yayo, yaya, abuelo, abuela, lelo, lela, bubu, tata…

Gracias a ellos, por fin me pude deshacer de él, del móvil Sagem (el inhalámbrico). Y llegó él, mi verdadero y único amor (despues de los Back street boys), Nokia 3310, ángel luminoso caido del Reino del Cielo.

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Móvil marca Nokia. Especificaciones: llamar, sms, calculadora de 4 operaciones básicas (suma, resta, división y multiplicación) y juegos. Linterna: enciendes la pantalla y apuntas. Extra: fardas la hostia.

Con este no llegué a los dos años, la batería dijo basta. Acabó convirtiéndose en una Lucha de titanes en la que solo podría sobrevivir uno: o mi Nokia o mi salud mental.

Y es que estoy convencida que al finlandés más tonto que había en la fábrica de Nokia, es al que le tocó colocar la batería de mi móvil. Llámalo karma, destino o putada, ¡pero me tocó la china! que no la lotería o la quiniela, me tocó el tonto del finlandés. Fijo que tenía un nombre más propio de catalogo de Ikea que de persona, Sirkka, Stolmen o Kalevi o igual era Pepe el del pueblo que se fue a currar allí en la posguerra y cuando le tocó el turno a mi batería le dio la hora del cigarrito. ¿Quién sabe?

Adivina ¿Qué sale si juntas a un francés con un chino?

¿Quieres saber como continúa la historia? Pues ya te contaré, porque lo que viene tiene lo suyo…

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